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En este artículo se ha buscado una aproximación desde el punto de vista de la técnica y los medios artísticos, por lo que no se hará referencia a las múltiples implicaciones simbólicas y discusiones que sigue suscitando este cuadro.

El matrimonio Arnolfini, de Jan Van Eyck, es una obra maestra de la pintura flamenca primitiva. Óleo sobre tabla de roble datado de 1434, sus dimensiones son de 82,2 cm de alto por 60 cm de ancho y en la actualidad se expone en la National Gallery de Londres. En esta obra apreciamos cómo los primeros flamencos adelantaron ya desde el gótico tardío la actitud propia del Renacimiento: la reflexión sobre la representación artística de la realidad y el estudio de soluciones para lograr transmitir lo observado bajo el realismo y la tridimensionalidad.

El uso del óleo fue popularizado por esta escuela pero no inventado por Van Eyck, como afirmaba Vasari en el s.XVI. Como soporte pictórico del óleo se utilizó en un principio la tabla de madera, que requiere una imprimación previa con creta blanca y cola animal para impermeabilizarla y dar como fondo una superficie lisa, pulida y compacta sobre la que pintar. Este fondo blanco será utilizado para conseguir efectos de luz intensa, palidez en los rostros y una definición más profunda de los trazos oscuros, así como para trabajar la profundidad y los espesores de luces y sombras, como podemos observar en el cuadro.

En cuanto al óleo, la materia colorante se consigue a través de la mezcla de pigmentos con aceites desecantes y esenciales. Van Eyck destacó como pionero en la preparación de los aceites, ya que podía regular su velocidad de secado dependiendo de la substancia de la que extrajera el pigmento y añadiendo una materia secante durante la cocción de los mismos. La innovación de Van Eyck permitía yuxtaponer colores en mojado, difuminando las transiciones entre ellos; también activaba el efecto blanqueador de los aceites, resaltado con barnices al finalizar la pintura.

Pero la contribución fundamental de Van Eyck y los flamencos fue el uso de las veladuras, capas de color realizadas con aceite muy transparente y diluido que permiten la creación de la profundidad espacial, el detalle microscópico, las transparencias en los tejidos o la creación de volúmenes a través de luz y sombra. La alta definición de los detalles como los del espejo del fondo de la imagen se lograba a través del uso de resinas duras como el ámbar, que daban consistencia al óleo.

Los pigmentos de la paleta de Van Eyck en esta obra muestran gran intensidad y contraste: malaquita, bermellón, añil, albayalde y una gama de tierras se unen logrando una intensidad y brillo que denota opulencia y realismo así como una calidad táctil, mórbida y aterciopelada de las superficies. Esto se debe a las propiedades del óleo, capaz de mantener la brillantez del pigmento mojado una vez seco, y a la multiplicidad de trazas de veladuras.

En cuanto a la materia pictórica, Van Eyck elije un punto de vista privilegiado y monofocal sobre la escena. Se observa cómo la estancia es bañada por una luz suave e uniforme, que envuelve con delicadeza cada elemento indistintamente. Todo se encuentra dentro del mismo plano lumínico, con la misma intensidad de color; no hay un orden jerárquico. El espacio se crea a través de una perspectiva lineal y el uso de las veladuras, que separan los elementos con capas de aire.

Otra medida en pos del realismo es la disposición del mobiliario ordenadamente, favoreciendo la diferenciación de los planos, aunque los objetos sean representados específicamente y no según su apariencia en conjunto. El espejo reflejando la escena desde detrás apoya la visión de espacio y profundidad, insertando al espectador dentro de la composición, y los detalles microscópicos de los tejidos, la lámpara, el espejo y de cada elemento siguen apuntando hacia un elevado realismo, pese a que el resultado final del conjunto siga resultando poco natural.

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