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Mercurio y Argos, Diego Velázquez (h.1659). El Prado, Madrid.

La imagen nos muestra a Mercurio y Argos en primer plano y en el fondo ensombrecido a Ío, la ninfa amante de Zeus transformada en ternera. Argos, en la parte derecha de la escena, duerme sentado en el suelo con la cabeza inclinada sobre el pecho tras sucumbir a la música encantadora de la flauta de Mercurio, que es representado a su derecha, de rodillas en el momento de dejar la flauta y tomar la espada con que le dará muerte.

Mercurio es el dios que actúa como mensajero del resto de los olímpicos. En este caso ha sido enviado por Júpiter para rescatar a Ío, a quien éste había metamorfoseado en ternera para ocultarla de su esposa. Juno, sospechando de Júpiter, logra que le regale la novilla y pone al cargo de su vigilancia al gigante de cien ojos Argos. Mercurio deberá valerse del sonido de su siringa para adormecer al guardián, matarlo y liberar a Ío.

Como se aprecia en la pintura, Velázquez se ha decantado por un tratamiento realista del mito, al representar a Argos no como un gigante de cien ojos sino como un vaquero corriente. Mercurio porta como atributos su flauta de caña y, en vez del pétaso, muestra como anacronismo un sombrero alado propio de la época del pintor. Mercurio podría llevar bigote o bien tratarse de una sombra lo que se aprecia en su cara, con lo que no se correspondería con el tipo iconográfico del Hermes barbudo de la Grecia arcaica pero sí sería más cercano al del joven imberbe de finales de la clásica en caso de no llevarlo.

La atmósfera creada por la posición de las figuras en un plano apaisado, en el cual Mercurio se ve forzado a acercarse furtivamente y a gatas hacia su víctima, desprovee de toda dignidad el acto que está a punto de cometer Mercurio, acercando su aspecto al del ladrón experto o al del cazador furtivo. Esta calculada actitud de sigilo refleja otra de las características del dios, la astucia. Por su parte, Ío aparece como mero motivo de todo el episodio, relegada a las sombras y mirando fuera de plano, con una actitud pasiva.

Otros autores que han representado a Mercurio y Argos son Fragonard y Rubens, mostrando la representación de Rubens el ímpetu del momento en el que Mercurio se dispone a descargar su espada sobre el cuello de Argos:

Mercurio y Argos, Peter Paul Rubens (1636-37). El Prado, Madrid.

En cambio, en Fragonard un Mercurio atento observa el sueño apacible que acaba de provocar en el vigilante:

Mercurio y Argos, Jean-Honoré Fragonard (1755).

En ambos casos Argos es mostrado de la misma manera que Velázquez retrata al vigilante, humanizado e indefenso, incluso anciano en el caso de Fragonard; Mercurio en cambio adquiere un porte heróico en la plasmación de Rubens que contrasta con la traición sigilosa de Velázquez o la curiosidad casi infantil con la que observa a su víctima en el cuadro de Fragonard.

Tanto Fragonard como Rubens respetan el color blanco de la ternera del mito, mientras que Velázquez se decanta por pintarla de un color tierra rojizo, lo cual por otro lado podría tratarse de las sombras que la envuelven. Sobre este capítulo mitológico cabe decir que resuena con aquel en el que Mercurio, recién nacido, logró robar las vacas que custodiaba su hermano Apolo.

Bibliografía:

  • www.museodelprado.es
  • AGHION, I.; BARBILLON, C.; LISSARRAGUE, F. Argos; Ío; Mercurio. En Guía Iconográfica de los héroes y dioses de la Antigüedad. Madrid: Alianza Editorial. p. 65-67, 233, 263-265.
  • JUSTI, C. Los últimos diez años: Mercurio y Argos. En Velázquez y su siglo. Madrid: Istmo (1999) p. 593-594.
  • MARTÍNEZ DE LA TORRE, C. Genealogía divina. En Martínez de la Torre, C.; González Vicario, M.T.; Alzaga Ruiz, A. Mitología clásica e iconografía cristiana. Madrid: Centro de Estudios Ramón Areces (2010) p. 64-65, 77-78.
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