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En el siguiente artículo abordaremos la representación iconográfica en el arte de las míticas Gracias griegas a través de la comparativa de algunas de las obras más destacadas sobre el tema. Este recorrido tendrá como punto de partida uno de sus retratos más conocidos: las tres Gracias de Rubens.

Las tres Gracias. P.P. Rubens, 1636 – 1639. Museo del Prado, Madrid.

Las tres Gracias ocupan el centro de la composición, cogiéndose las unas a las otras de los brazos y los hombros en medio de un locus amoenus, un paisaje natural idílico. A su derecha, el agua cristalina mana de un surtidor en forma de cornucopia dorada sujeta por un amorcillo; sobre sus cabezas pende una guirnalda de flores, tendida entre la cornucopia y el árbol del que cuelgan sus ropas. Al fondo, unos animales pacen en la tranquilidad de los prados cercanos.

Las Gracias, o Chárites en el mundo griego y Gratiae en el romano, eran deidades hijas de Zeus que personificaban el lado amable y refinado de la vida, aspectos como la belleza, la gracia y la creatividad. Ya desde la época clásica su número variable quedó codificado en tres, las hermanas Eufrósine, Talía y Áglae.

De forma similar a las Musas, de quienes eran compañeras, inspiraban el arte, la música y la danza. Repartían sus dones de alegría entre los humanos y los dioses así como en la naturaleza. Habitaban en el Olimpo, sirviendo a diferentes deidades aunque sólo formaban parte del cortejo de un dios, Apolo o Afrodita dependiendo de las fuentes.

Rubens aprovechará estas figuras mitológicas para representar el desnudo femenino, que en su caso responde a un ideal de belleza mórbida y voluminosa presente en toda su obra. La sensualidad y voluptuosidad de las tres diosas, de carnes rollizas y flácidas, contrasta con las visiones más idealizadoras y comedidas de la iconografía original del mito.

En cuanto a la composición del grupo, Rubens se mantiene fiel al esquema tradicional de sus posiciones, configurado ya entre los siglos IV y II a.C. como muestra el grupo escultórico romano, copia de una obra griega de época helenística, ubicado en la Biblioteca Piccolomini de Siena: cogidas por los hombros entre sí, la figura del centro se halla de espaldas al espectador y con la cabeza de perfil, aunque en el óleo de Rubens las figuras de los extremos se encararán.

Las tres Gracias. H. s. IV – II a.C. Biblioteca Piccolomini, Siena.

A esta nueva cercanía hay que sumarle la creada por la interrelación de las tres figuras a través de la mirada: por primera vez las Gracias son mostradas observándose las unas a las otras, ya que en la representación habitual suelen mirar hacia otro lado o a un objeto que sostienen en una mano, como las manzanas en el caso de Rafael o unas ramas floridas en el fresco pompeyano del Museo Arqueológico Nacional de Nápoles:

Las tres Gracias. Rafael, 1504 – 1505. Museo Condé, Chantilly.

Las tres Gracias. Fresco pompeyano, s. I d.C. Museo Arqueológico, Nápoles.

Con esta conexión de miradas se establece una intimidad y una comunicación nueva entre ellas, lo cual Cánova llevará un paso más allá en su grupo escultórico  hasta el abrazo y la caricia, recolocando la figura central frente al espectador, de la misma manera que hará Thorvaldsen en sus esculturas y relieves sobre estas figuras mitológicas:

Las tres Gracias. Antonio Cánova, h. 1814. Hermitage, San Petersburgo.

Las Tres Gracias. Bertel Thorvaldsen, 1817 – 1819. Thorvaldsen’s Museum, Copenhagen.

Sobre sus vestimentas o desnudez cabe decir que, en un principio, hacia los siglos VI y V a.C, las Gracias se representaron en la cerámica y relieves griegos ataviadas con túnicas y dispuestas en fila, siguiendo el cortejo divinio de algún dios.

Un ejemplo de ello se encuentra en el famoso Vaso François, conservado en el Louvre, y en el relieve arcaico de Hermes y las Gracias hallado en el ágora de la isla de Thassos:

Relieve de Hermes y las Gracias de Thasos. H. 480 a.C. Museo del Louvre, París.

Así, no será hasta el siglo IV a.C. que se desnudarán, manteniéndose esta iconografía durante unos 1.700 años hasta el Quattrocento, momento en que los humanistas decidirán devolverles la vestimenta en una visión más acorde con la simbología cristiana de la época. Paradigma de ello es La Primavera de Boticelli, que con este gesto busca una nueva codificación de las Gracias como alegorías de la Castidad, la Belleza y el Amor.

Las tres Gracias en La Primavera. Sandro Botticelli, 1477 – 1478. Galería Uffizi, Florencia.

Posteriormente, artistas como Rafael y Correggio volverán al desnudo de las figuras, conviviendo ambos modelos a partir de aquí. En el caso de las tres Gracias de Rubens, el pintor seguirá el ejemplo de Rafael y cubrirá con una gasa transparente a las tres divinidades, enlazándolas así más aún y contribuyendo a la sensación de unidad entre ellas antes mencionada.

Bibliografía:

  • www.museodelprado.es
  • Artículo compendio sobre las Chárites basado en el Dictionary of Greek and Roman Biography and Mythology (ed. William Smith, 1849) en el sitio Theoi.com. Obtenido de la Red Mundial el 20 de abril del 2012 en: http://www.theoi.com/Ouranios/Kharites.html
  • AGHION, I.; BARBILLON, C.; LISSARRAGUE, F. Las Gracias. En Guía Iconográfica de los héroes y dioses de la Antigüedad. Madrid: Alianza Editorial. p. 198-199.
  • MARTÍNEZ DE LA TORRE, C. Genealogía divina. En Martínez de la Torre, C.; González Vicario, M.T.; Alzaga Ruiz, A. Mitología clásica e iconografía cristiana. Madrid: Centro de Estudios Ramón Areces (2010) p. 83.
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